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ARTIGAS EN SU JUVENTUD
Consagración a las faenas rurales

No queriendo abrazar la carrera eclesiástica, puesto que su ardiente espíritu no se avenía con la vida contemplativa ni con la inacción física, abandonó los estudios que cursaba en el colegio regenteado en Montevideo por los conventuales de San Francisco, único establecimiento particular de enseñanza de primeras letras que funcionaba entonces en la metrópoli uruguaya.

El cerebro juvenil de Artigas no se había contaminado con las ideas suicidas de los que únicamente piensan en la holgazanería, en las diversiones, en el juego o en cosas fútiles, cuando no perjudiciales a la salud física y moral del ser humano. Quería hacerse hombre, moldeado en el yunque del trabajo, para poder abrirse paso por sus solos esfuerzos en el árido sendero de la vida, a pesar de que le hubiera sido cosa fácil llevar una existencia regalada, sin el menor sacrificio ni sinsabores, al calor del lar doméstico.

La vida de portones adentro, era sencilla y monótona: funciones religiosas, corridas de toros, revistas militar; saraos, de vez en cuando, honrados por la presencia del gobernador, don Joaquín del Pino, futuro virrey del Plata; paseos por las murallas o las costas. Las puertas de la ciudad se cerraban al anochecer, y nadie entraba ni salía. Sabemos de él en esa época, de sus aficiones y costumbres. Era afable y atencioso; muy dado a la sociedad; vestía con esmero, a lo cabildante, como entonces se decía, con su coleta y su casaca bordada, o su chaquetilla de alamares o trencilla fina en el pecho, y su pino en la espalda.

Criado, pues, en la más refinada cultura y relacionado con lo mejor entre los de su edad, pudo haber permanecido en la ciudad nativa, buscando en ella alguna ocupación digna de los de su estirpe, pero amaba la libertad y sentía ansias de respirar a pulmones llenos el aire puro del campo, del que ya había disfrutado, aunque por corto tiempo, en distintas oportunidades, familiarizándose con el caballo, y en 1784 optó por consagrarse a las faenas rurales, tomando como base de ese género de actividades las estancias que su señor padre tenía en Casupá, en Chamizo y en el Sauce, pues éste defirió gustoso a sus deseos.

Desde un principio demostró gran destreza y plausible celo en el desempeño de tan arduas tareas, captándose a la vez las simpatías generales y la confianza ilimitada de su venerable progenitor, persona bien vista y expectable, puesto que fue uno de los más distinguidos miembros del Cabildo, habiendo ejercido en él las funciones de Alguacil Mayor, en 1758; las de Alcalde de Hermandad, en 1761; las de Alcalde Provincial, en 1765, en 1774, en 1781 y en 1792; las de Alférez Real, en 1768 y en 1796; y las de Depositario, en 1788, además de llenar cumplidamente varios empleos militares de difícil ejecución.

Inteligente, perspicaz y activo, se adaptó bien pronto a las nuevas costumbres, y nada tuvo que envidiar a los más diestros jinetes y manejadores del lazo y las boleadoras, causando gran admiración entre el paisanaje que un mozalbete de la ciudad,-un pueblero, como ellos decían, - no ha mucho maturrango, pudiera hacerles competencia, sin desmedro para él, en todas las manifestaciones de usanza campestre.

Nadie le sobrepujaba tampoco como madrugador, ni a soportar pacientemente las rudezas de todas las estaciones, pues no se quejó jamás de los efectos del frío, aunque atravesara sobre escarchas y lo empapasen las heladas, ni de los rayos ardientes del sol.

Años después, habituado ya, como decimos, a aquel ambiente, y maestro en el arte de las lidias en que hizo sin aprendizaje en el último tercio de su vigorosa adolescencia, emprendió por su sola cuenta la compra y matanza de haciendas, con distintos objetos, principalmente para negociar en gran escala el corambre, además de las astas y la crin, por cuya adquisición se interesaban los acaparadores europeos, aprovechando su excesiva baratura, pero que él enviaba a la barraca de su señor padre, don Martín José Artigas, instalada en una de las esquinas de las calles San Luis y San Antonio, en calidad de depósito y para que este realizase su venta en la debida oportunidad.

Los ganaderos tuvieron en él, desde entonces, un poderoso apoyo, pues utilizando la peonada de que disponía para las frecuentes recorridas que efectuaba, a veces hasta las Misiones, en procura de los animales necesarios para el mayor fomento y éxito de su empresa, y auxiliado por elementos voluntarios o proporcionados por los criadores más diligentes, perseguía con temerario arrojo y sin darles tregua, a los contrabandistas portugueses, que campaban por sus respetos en las dilatadas zonas de la campaña.

Batió, igualmente, sin descanso al vandalaje, que cometía depredaciones escapadas a toda previsión de los damnificados, y puso freno, en lo posible, a las irrupciones maléficas de los indígenas, que sembraban también el terror y que a cada instante ponían en peligro los bienes y la vida de aquellos honestos impulsores del progreso pecuario nacional, entonces en verdadero embrión.

Contaba, sin embargo, con el asentimiento y el aplauso de los Cabildos respectivos, que le consideraban en tales circunstancias como un colaborador inapreciable en pro del orden público y de las garantías individuales.

No era nada anormal en aquellos tiempos que los ganaderos salieran de vez en cuando, con permiso de los gobernadores, al frente de partidas reclutadas entre sus hijos, vecinos, peones y esclavos, a ahuyentar a los ladrones que merodeaban por los aledaños de la estancia, o a escarmentar en sus guaridas a los bandoleros más temibles, bien así como lo hacían con los indios de la frontera los arrogantes plantadores de Maryland, Virginia y las Carolinas, en la gran República del Norte.

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