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ARTIGAS EN SU JUVENTUD
El establecimiento de Chantre

Arrojado, honesto y laborioso como el que más, llegó su justa fama a oídos de un fuerte ganadero del Queguay, entonces y actualmente jurisdicción de Paysandú, quien pensó en él para confiarle la dirección de los negocios similares que allí explotaba en gran escala, pues consistía en la matanza de sus numerosas haciendas chúcaras, y en el acarreo de ganados, a fin de sacar de ellos el mayor provecho, entrando el corambre como un renglón importante.

Chantre -que así se apellidaba el propietario a que aludimos- vio triplicar bien pronto sus ganancias, pues era ese el hombre que necesitaba, para cimentar su bienestar, sin quebranto ni inquietudes insalvables.

Los charrúas, que merodeaban por esas inmediaciones, sabedores de que tendrían que vérselas con un enemigo terrible e implacable, lejos de hostilizarlo con malones en las estancias a su cargo, procuraron su amistad desde el primer momento y prometieron observar una conducta respetuosa. Su nombre alcanzó allí mayor popularidad, siendo objeto de la admiración y estima de los buenos, a la vez que del terror de los vagabundos y dañinos.

En la volteada* de las haciendas de Chantre, se empleaba numerosa gente avezada en las faenas rurales. Pues bien: aquel rudo v esforzado paisanaje se demostró siempre sumiso y dispuesto a hacer su voluntad, no sólo por la energía de su espíritu, cuando el caso lo demandaba, sino también porque les daba el buen ejemplo en el trabajo, allanándose a todo como ellos, y por la rectitud de sus procederes, puesto que se mostró siempre justiciero y afable con quienes lo merecían.

Su acción contra el cuatreraje no podía extenderse, sin embargo, esta vez, fuera del radio en que tenía que actuar, puesto que lo procedía ya de motu propio.

Por eso no estaban aseguradas sino las propiedades y la tranquilidad del vecindario hasta una circunscripción relativamente limitada, dado que la vigilancia de los celadores oficiales era en extremo deficiente, tanto por el escaso número de éstos como por lo casi desierto de la campana y el conocimiento que de ella tenían sus elementos perturbadores.

No hubiera sido racional, por lo demás, que abandonase sus primordiales deberes y la defensa de los intereses confiados a su salvaguardia para dedicarse más de lleno a cometidos extraños a los mismos, a pesar del altruismo de que se hallaba poseído su férreo espíritu.

Desde 1792 a 1796 se habían exportado 3.790.585 cueros vacunos y 78.800 caballares del Río de la Plata, empleándose en su conducción 268 buques, y la demanda se hacía cada vez mayor. Por eso Chantre y los ganaderos que se dedicaban al mismo trabajo, se afanaban por aumentar las matanzas y por librarse del pillaje rural y de los contrabandistas.

Durante esos años ascendió a 7.897.968 pesos el valor de la importación y exportación.

El Teniente General don Nicolás de Arredondo, que en su carácter de cuarto virrey del Río de la Plata reemplazó en el gobierno, el 4 de diciembre de 1789 al marqués de Loreto, don Nicolás Cristóbal del Campo fue el impulsor de ese movimiento comercial.

Era de carácter suave y de tendencias progresistas, y a él le cupo la suerte de dar cumplimiento a la Real Cédula de 1791, por la cual se concedía a los buques que introdujesen negros de Africa llevar, en retorno, frutos del país. Los comerciantes monopolistas se opusieron a la ejecución de esta resolución del soberano tal cual la entendió dicho virrey. Aquellos sostenían que los cueros no eran frutos del país, y que, por consiguiente, debía prohibirse su exportación. Arredondo decidió en contra de semejantes pretensiones. Desde entonces comenzó a enriquecerse la campaña del litoral.

Entre los vecinos más próximos al establecimiento de Chantre, se encontraba don Isidro Pérez, poblador de esos parajes desde 1793, padre de don Andrés Pérez, que le sucedió en la posesión de esos campos, y por cuya causa lleva su nombre y apellido uno de los más importantes pasos del Queguay. Dicho paso se halla ubicado a dos kilómetros al Este de la barra del arroyo Santa Ana.

Los charrúas mansos que concurrían a la estancia de Pérez se hacían lenguas, como se dice vulgarmente, de la fama de Artigas, recordando que si bien los trataba con dureza cuando cometían depredaciones, les ofrecía, en cambio, caballos y ganado vacuno siempre que se comprometían a no llevar malones a ningún establecimiento de campo o comercial de aquellos lugares, pues él no perdonaba la comisión de tales hechos.

Los caciques, decían, no se conformaban comúnmente con esas promesas y obsequios, alegando que aun cuando las haciendas no les perteneciesen, por haber sido ellas introducidas por los españoles, las tierras en que yacían eran de la exclusiva propiedad de los aborígenes y les habían sido arrebatadas por medio de la fuerza, pero contemporizaban, en lo posible ante su bondad, mezclada de bravura, para evitar encuentros inútiles y perjudiciales.

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* Operación que consiste en alzar una porción de ganado, arrollándolo al correr del caballo, a distinción de la parte que se ejecuta mediante rodeo. (Vocabulario Rioplatense razonado, de Daniel Granada).






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