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ARTIGAS EN SU JUVENTUD
Ingreso al Cuerpo de Blandengues

Con motivo de graves quejas dirigidas el 28 de mayo de 1795 al Cabildo de Montevideo por numerosos vecinos de campaña, los cuales atribuían el malestar de ésta a la desidia, ineptitud y complicidad de la fuerza de línea que había reemplazado a las milicias en la vigilancia rural, el Síndico Procurador don Manuel Nieto aconsejó a dicha autoridad, en informe fechado el 30 de junio, la creación de un Cuerpo de Blandengues. Estos, decía gente toda de campo acostumbrada a sus fatigas y a las del caballo, serían "mucho más a propósito para celar los desordenes de esta campaña que la tropa soberana."

Esta idea, aunque bien recibida por los ganaderos y por el Ayuntamiento, no encarnó de inmediato, pues recién el 7 de enero de 1797 se resolvió ponerla en práctica por el virrey don Pedro Meló de Portugal, respondiendo esta vez, más que a los fines expresados, a una de las tantas medidas precaucionales adoptadas por él en la creencia de una próxima invasión británica al Río de la Plata.

Bajo la denominación de "Cuerpo Veterano de Blandengues de la Frontera de Montevideo", se creó, pues un nuevo Regimiento de Caballería, acordándose emplear en su instalación hasta la suma de treinta mil pesos, según nota pasada con igual fecha, por el expresado virrey, al Ministro de la Real Hacienda.

Aunque se dispuso que debía estar constituido por ocho compañías de cien plazas cada una, sólo ascendió a cuatrocientos ochenta hombres durante el resto de la dominación hispana en el Uruguay, no obstante los continuos reclutamientos realizados.

Era su uniforme, casaca corta y calzón azul, de alzapón ancho, con tres botones; vuelta, solapa, chupa y collarín encarnado, con galón estrecho y botón dorado; como asimismo, de un capote de bastones, aplomado.

Su armamento consistía en fusil y espada con su canana para municiones y balas. Los de Buenos Aires usaban carabina en lugar de fusil, por ser, según Azara, más manejable y menos embarazosa que éste en las marchas a grandes distancias.

El doctor don Daniel Granada, refiriéndose al origen de los regimientos de esa clase, dice lo siguiente en su Vocabulario Ríoplatense:

"Los Blandengues eran unos antiguos lanceros del Río de la Plata, conocedores muy prácticos del país, destinados primitivamente a guerrear contra los indios de las pampas de Buenos Aires. A mediados del siglo XVIII, los indios pampas, que hasta entonces se habían contentado con disfrutar del ganado cimarrón prodigiosamente multiplicado a raíz de la conquista, el cual vendían en Chile, empezaron, ya casi extinguidos, a molestar a los vecinos de las provincias de Buenos Aires invadiendo sus estancias."

"El gobernador, que era a la sazón del Río de la Plata, don José Andonaegui, organizó para repelerlos un cuerpo expedicionario. Pronto éste para salir a campaña, en la plaza principal de Buenos Aires desfiló ante el representante de la autoridad soberana, blandiendo sus lanzas en señal de homenaje y rendimiento. La gallardía de los lanceros al ejecutar el reverente saludo, arranco de la boca del concurso entusiasmado, la palabra 'blandengue', cuyo eco pasó enseguida a la nomenclatura militar de las provincias del Plata."

"Batallar con los indios salvajes, perseguir a los contrabandistas y cuatreros, a los reos, vagos, desertores y facinerosos; llevar, como chasquis, comunicaciones oficiales, dar cuenta de cualquier novedad que interesase al orden público, escoltar expediciones; tales eran los encargos propios del ministerio en que los blandengues ejercitaban su pericia y esfuerzos."

"Formábanse dichos cuerpos, eligiéndolos entre los hombres más prácticos del país, entre los más baquianos: distinguíanse por su gallarda apostura y su valor."

Artigas, que tenía entonces treinta y dos años de edad, -pues nació el 19 de junio de 1764*- quiso probar nueva suerte aun cuando Chantre le dispensaba todo género de consideraciones, como recompensa moral de su ejemplar comportamiento y de los beneficios que le reportaba su empresa desde que se puso al frente de ella.

Su abuelo paterno, don Juan Antonio Artigas, oriundo de Zaragoza, había militado en España, honrosamente, durante doce años, en defensa de Felipe V durante la guerra llamada de Sucesión, sostenida contra el archiduque Carlos. Sirvió después en Buenos Aires y en Montevideo, contribuyendo a ahuyentar de buena parte de la campaña oriental a los malhechores y abigeos que tenían aterrorizados a sus pobladores, y participó con brío y lucidez en distintas y arriesgadas comisiones contra los intrusos lusitanos.

En cuanto a su padre, no fue menos esforzado y valeroso, como lo dice elocuentemente la temeraria resistencia opuesta a seiscientos portugueses en el fortín de Santa Tecla, en 1776, por espacio de veintisiete días (desde fines de febrero hasta el 26 de marzo), al frente del destacamento de milicias que comandaba, cuya gloria compartió con Luis Ramírez y su tropa de línea.

Bullía, pues, sangre belicosa en las venas del futuro prócer uruguayo, y con gran sentimiento de todos, camaradas y subordinados de la estancia de Chantre, abandonó aquel establecimiento, a principios de 1797, para sentar plaza en el Cuerpo de Blandengues, cuya jefatura ejercía el sargento mayor Cayetano Ramírez de Arellano, en la esperanza de hacer carrera y de velar con mayor eficacia en pro de los intereses generales de la campaña y del terruño.

Poco después se presentó a servir modestamente en calidad de soldado en dicho regimiento. Sus notorios y relevantes merecimientos hicieron, sin embargo, que el virrey don Antonio Olaguer Feliú, a pesar de enrolarse como distinguido, lo diese a reconocer, desde un principio, ejerciendo las funciones de teniente, cuya efectividad obtuvo recién en 1798.

Empero no haber hecho su aprendizaje en ningún otro cuerpo y de no distribuirse a la marchanta, en esa época, los empleos militares, mucho menos todavía entre los criollos del continente sudamericano, se tuvo para con él tan marcada distinción por el renombre que había alcanzado en el país y por las aptitudes y celo demostrados en persecución de los enemigos de la propiedad y del sosiego de la campaña.

Además, enseguida de presentarse fue comisionado, "por los muchos conocimientos que tenía de los campos", como él mismo lo expresa en la solicitud que elevó al Rey de España, el 24 de octubre de 1803, "para salir a reclutar gente para la formación del expresado cuerpo, y desde el 4 de marzo del año 1897 hasta el 24 de abril del mismo, condujo cincuenta hombres a disposición del Gobernador de Montevideo."

Esa dignificante singularización y ardiente anhelo de hacerse en un todo acreedor a ella, lo mismo que de mejorar de situación, con arreglo a sus esfuerzos y condiciones y a las circunstancias, lo movieron a nutrir su espíritu con la lectura de obras adecuadas, a instruirse con las tácticas más en boga, y a ser uno de los más asiduos concurrentes a las academias realizadas a diario.

Los oficiales estaban obligados, además, a someter a la tropa a frecuentes ejercicios, para que los soldados adquiriesen la mayor disciplina posible, obraran con habilidad en el manejo de las armas y supieran desempeñarse sin embarazo alguno, tanto a pie como a caballo, según lo demandasen las exigencias del servicio.

Allí, bajo el rigor de la disciplina, adquirieron sus facultades mentales el desarrollo sistemático que da la vida regimentada, enseñando a la vez a mandar y a obedecer, doble operación que forma el carácter y metodiza las ideas. Su carrera, por otra parte, tuvo desde un principio cierta independencia en la ejecución de los planes, que le preparó, sin sentirlo, para mandos superiores. Dependía más directamente del gobernador de Montevideo que de su propio Coronel siéndole transmitidas las órdenes y explicada su inteligencia por el jefe del país, sin intermediarios. Así se formó, conociendo de cerca a los gobernantes, midiendo el alcance de sus combinaciones, y adquiriendo, por el trato con ellos, la conciencia de su valor intrínseco.

Esa práctica y confianza, unidas a la meditación, lo hicieron más tarde, como lo constata la historia de los pueblos del Plata, uno de los más expertos y temibles guerreros, entre los que lucharon por la emancipación política del suelo nativo y del resto del mundo de Colón.

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* En cuanto al lugar de su nacimiento, según lo consigna el Coronel don Antonio Díaz en el tomo XII de su Historia de las Repúblicas del Plata, tuvo lugar en la ciudad de Montevideo, en la casa de la calle Washington casi esquina a Pérez Castellano.

Don Isidoro De María afirma también que el prócer vio la luz en la ciudad de San Felipe y Santiago, agregando a este respecto, los siguientes datos: "La tradición lo daba nacido en el pago o partido de Las Piedras, probablemente por la circunstancia de poseer sus padres un establecimiento de campo en el Sauce Solo, jurisdicción de la parroquia de Las Piedras."

Luego hace constar que en la primera edición de sus Hombres Notables, siguiendo esa creencia, lo dio como oriundo de Las Piedras, pero que en la partida de bautismo obtenida por él posteriormente, "consta haber nacido en Montevideo" y bautizado en la Matriz vieja, única que existía en aquel tiempo en todo el territorio comprendido en la jurisdicción de la ciudad de San Felipe de Montevideo, "bien que la circunstancia de no haber sido bautizado sino a los tres días de nacido (lo fue el 21 de junio), contra la regla que se observaba entonces, del bautizo en el mismo día o al siguiente del nacimiento podría dar lugar a suponer que ese retardo hubiese sido causado por no haber nacido precisamente en la ciudad cuya duda desaparece, teniéndose presente que su padre era vecino de la ciudad de San Felipe de Montevideo, donde, desde el año 1758 a 1796 inclusive, fue miembro de su Cabildo."



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