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ARTIGAS EN SU JUVENTUD
Al frente de una partida celadora

No obstante la actividad desplegada por las partidas volantes que perseguían a los cuatreros y malhechores, éstos llevaban camino de atropellarlo todo, sembrando el más terrible pánico entre los animosos moradores del entonces casi desierto territorio hispano-oriental.

Los criadores se sentían, por lo tanto, impotentes para hacerse respetar, y en cuanto al Gobierno de Montevideo, no sabía ya qué medidas tomar para poner remedio a un mal que iba resultando poco menos que inconjurable, sobre todo cuando sus arcas se hallaban casi exhaustas, sin disponer, en consecuencia, de los fondos indispensables para organizar una policía mas numerosa y eficiente.

Por otra parte, se carecía de un hombre apropiado para poner a su frente, que fuese prenda segura de energía y de honestidad, y que al propio tiempo inspirase fe a los hacendados y temor a los que se habían convertido en el azote de sus vidas y fortunas.

Todos fijaron, sin embarco, sus miradas en Artigas, desde el primer instante, considerándolo como el único capaz de afrontar aquella terrible situación. Recordaban la actividad y eficacia con que hasta poco antes había procedido, siendo la providencia de los buenos y la preocupación de los que lo temían.

Aprovechando, pues, su nueva situación y los diversos fines que perseguían los Blandengues, consistente, uno de ellos, en limpiar de malvados, de contrabandistas a la campaña, intercedieron para que velase una vez mas por los intereses rurales y la seguridad de sus pacíficos habitantes.

Habiéndose deferido a esa súplica, el 14 de agosto siguiente le confió el virrey el comando de una partida celadora, a cuyo cargo se mantuvo hasta el 27 de octubre, desempeñando la doble misión de perseguir a los vagabundos y demás elementos perjudiciales a la tranquilidad pública y privada y de proceder al reclutamiento para engrosar las filas del cuerpo a que pertenecía.

Las operaciones de guerra de aquellos tiempos, consistían, por lo demás, en perseguir a los indios y ladrones cuatreros que infestaban la campaña, lo mismo que a los contrabandistas, tráfico que era más ejercitado por los brasileños que por los naturales del país; y aquéllos, como más diestros en el manejo de las armas de fuego, oponían una resistencia vigorosa a las partidas de tropas que se les acercaban, atrincherándose con las cargas que llevaban, si se les atacaba en campo raso, o defendiendo sus intereses desde las cejas de los montes, si tenían tiempo de llegar a ellos.

Con sus Blandengues se impone Artigas a los bandidos, contiene las irrupciones de la indiada, y persigue con tenacidad a los contrabandistas, al punto de no atreverse éstos a moverse a la luz del día, sino a favor de las sombras de la noche, buscando las costas montuosas para ocultarse, sin que tales preocupaciones los ponga, sin embargo, a salvó de su acción varonil, pues él los sigue a todas partes, ora cayendo de improviso en sus guaridas, ora sorprendiéndolos en sus marchas y poniendo coto al contrabando.

Nadie lo aventajaba en el conocimiento del terreno ni nadie era capaz de sobrepujarlo en arrojo ni en pundonor. Por eso dio comienzo a su misión civilizadora con el mayor ardimiento y la más profunda fe en el éxito de sus nuevas actividades, y a orillas del arroyo Ohuy, departamento de Cerro Largo, impidió al poco tiempo de su salida el pasaje a la provincia de Río Grande de gran cantidad de ganado vacuno que los cuatreros se proponían sustraer impunemente a los vecinos y al fisco.

Esa sorpresa los sobresaltó en sumo grado, pues ignoraban que Artigas hubiese sido comisionado por el Gobierno para operar contra ellos. No les convenía, por lo tanto, ponerse al alcance de su celo y de sus armas, porque esta vez más que nunca, podía malograr sus delictuosos intentos y reprimir sin contemplación alguna todo género de desmanes. De allí que procediesen con más sigilo en adelante, sin tenerlas, no obstante, todas consigo.

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