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ARTIGAS EN SU JUVENTUD
La detención de Mariano Chaves

En el mismo mes de agosto, sabedor de lo que allí ocurría, y queriendo escarmentar a los malévolos, transpuso la frontera, al frente de los 100 soldados puestos bajo sus órdenes. Avanzó hasta Santa María, y además de batir con feliz suceso a los enemigos de lo ajeno arrojados del país, y que merodeaban por esas inmediaciones, en acecho de cualquier descuido de su parte, conduciendo haciendas robadas, que abandonaron en la fuga, se apoderó algún tiempo después del riograndense Mariano Chaves, autor de un homicidio en Soriano, quien poco antes había tenido un ligero encuentro con varios de sus hombres, en el Arapey, y sujeto peligroso para el vecindario limítrofe, trabajador y pacífico, pues disponía de alguna gente, como él, de muy mala catadura.

En la costa del arroyo del Hospital, que nace en la cuchilla de Santa Ana, a corto trecho de la Cerrillada, se había tiroteado Chaves el día anterior, con la partida que mandaba el sargento Manuel Vargas, destacada por Artigas en observación de los contrabandistas y con órdenes de atacarlos en caso necesario. En esa refriega sufrió tres bajas la fuerza legal, pues los malhechores, al amparo de un barranco, hicieron fuego contra ella casi a quemarropa.

Temiendo Vargas no serle dable someter a Chaves y que lograse escapársele, le mandó un chasqui a su superior, que se encontraba a larga distancia, a fin de que acudiese en su auxilio, advirtiéndole que entretanto él continuaría el asedio hasta agotar el último recurso.

No vaciló ni un solo instante Artigas en acudir en protección de su esforzado subalterno, pues inmediatamente de recibir el aviso se puso en marcha, sin descansar toda esa noche, hasta que al romper el alba llegó al citado paraje, donde aun permanecían los contendientes, ambos apercibidos, pero sin hacer uso de sus armas.

Al notar Chaves la presencia de tan valeroso jefe, cuyo solo nombre le causaba pavor, cesó en su actitud hostil, optando por ganar el cercano monte en la creencia de escabullírsele fácilmente. Su escapatoria se hizo imposible porque fue rodeado enseguida por cuatro pelotones, distribuidos convenientemente, a la cabeza de uno de los cuales se colocó Artigas, puesto que siempre dio ejemplo de actividad y arrojo.

Chaves, que iba armado de dos carabinas, mostrándose, al parecer, decidido a jugarse la vida en la lucha desigual a comenzar, apuntó a sus perseguidores al ser descubierto uno de los grupos, pero dándose cuenta de que lo mandaba Artigas, las arrojó lejos de sí y trató de ponerse en salvo internándose en lo más intrincado de la serranía. Todo fue en vano, sin embargo, porque el enemigo que se había lanzado tras suyo no era de aquellos que desistiesen en sus propósitos y que abandonaran una presa tan codiciada.

Consiguió Artigas, pues, acercársele de nuevo, y antes de hacerle fuego, le gritó estentóreamente: Ríndase!
Entonces Chaves, achicándose, respondió en alta voz: No me tire! Estoy rendido!

Dando pábulo a la leyenda de sus implacables detractores, cualquier espíritu desprevenido podría imaginarse que Artigas dispuso el inmediato sacrificio del prisionero. No sucedió así, a pesar de tratarse de un delincuente de tal jaez, pues resolvió remitirlo a Montevideo bajo segura custodia, para que fuese sometido a la justicia ordinaria, según consta en el parte que elevó en octubre y del proceso seguido a Chaves. Las actuaciones respectivas se encuentran en el archivo del Juzgado Nacional de Hacienda, y fueron autorizadas por el escribano don Manuel José Sainz de Cavia, consanguíneo del célebre panfletista Pedro Feliciano Cavia, principal inspirador de las calumnias e injurias propaladas contra el ilustre prócer oriental.

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