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ARTIGAS EN SU JUVENTUD
Nuevamente contra los indígenas

Siendo necesario continuar la campaña emprendida contra los indígenas, que no cesaban en sus depredaciones, fue encargado de batirlos el Capitán Francisco Aldao y Esquivel, quien se apresuró a solicitar el concurso de Artigas para el mejor desempeño de esa tarea, y que prestó desde el 3 de octubre de 1798. Sabía cuánto era su valimiento y lo utilísimo que podía serle. Por eso no quiso prescindir de él y lo prefirió entre diversos candidatos.

Esta vez, como otras, tuvo que encabezar la marcha, por ser conocedor de los parajes a recorrer, estar habituado a esa clase de comisiones, e inspirar plena confianza a sus superiores. Le tocó, poco después, asumir el mando interino de todas las fuerzas expedicionarias en reemplazo de su jefe, que falleció en el camino y que se componían de 120 hombres.

Su acción fue enérgica y eficaz, pues consiguió alejar de gran parte del territorio hispano a los indios dañinos y hacerles setenta y tantos prisioneros. No retornó, sin embargo, de inmediato, a Maldonado, como podría presumirse, porque recién lo hizo en junio del año siguiente (1799), en virtud de haber tomado rumbo a Cerro Largo, enseguida de arrojar a los indígenas, para ahuyentar a los malévolos de esa zona fronteriza y extender la vigilancia hasta los ríos Yaguarón y Cebollatí. Se hallaba allí destacado el Capitán de su cuerpo, don Felipe Cardozo, con la misión de guardar esos lugares e impedir la irrupción de los contrabandistas y malhechores portugueses. Esta nueva campaña le valió numerosos parabienes y la gratitud de los ganaderos, puesto que garantizó durante algún tiempo más sus vidas y propiedades.

La muerte de Aldao despertó las ambiciones de más de un aspirante, apareciendo, en primer término, el teniente Miguel de Borraz, que contaba en su haber veintiún años de actividad en el Cuerpos de Veteranos.

Los partidarios y admiradores de Artigas, que ya antes, como queda dicho, habían influido en favor de su ascenso, apelaron nuevamente al prestigio de que gozaban, con el propósito de que le fuese dada la actividad del mando, en reemplazo de su malogrado jefe.

No era posible, sin embargo, contar con el apoyo del Marqués de Avilés, sustituto de Olaguer Feliú, pues no lo conocía suficientemente para inclinar su ánimo en favor suyo. Esto no obstó para que el Subinspector Sobremonte, que le profesaba gran estima como lo demostró la vez primera, se determinara a favorecerlo de nuevo, y al elevar la respectiva propuesta, antepuso el nombre de Artigas al de Borraz, sin hacer la menor referencia a las fojas de servicios de ambos.

Enterado Borraz de lo acaecido, protestó de esa preferencia, invocando viejos y saneados títulos, cuya reclamación dio margen para que el Virrey requiriese los informes pertinentes del Ministro de la Real Hacienda de Maldonado, y para que el reclamante fuera investido interinamente con el grado de Capitán, pues sólo el soberano podía darle la efectividad.

El 5 de setiembre de 1810, o sea, doce años después, recién obtuvo Artigas ese ascenso, que le fue conferido por don Joaquín de Soria de Santa Cruz, Gobernador Militar de la plaza de Montevideo y Comandante General de la Banda Oriental del Río de la Plata.

"Por cuanto se halla vacante el empleo de Capitán de la Tercera Compañía del Cuerpo Veterano de Blandengues de Montevideo", se dice en el despacho respectivo, "por haber fallecido don Miguel Borraz que lo obtenía, he tenido a bien conferirlo interinamente y hasta la aprobación de S.M. a don José Artigas, Ayudante Mayor del mismo cuerpo."

El más tarde patricio uruguayo no se había sentido molestado por el retardo sufrido, puesto que nunca tuvo gran apego ni a los grados militares ni a los honores personales, cosa que puso en evidencia durante las rudas luchas en que intervino como el paladín más esforzado de los futuros y excelsos destinos de su pueblo. Ello no quita que aspirase a remontar en su carrera, ya que tenía vocación por ella y que la abrazara con amor y entusiasmo.

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