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ARTIGAS EN SU JUVENTUD
De la Quintana y Lecocq

Entregado de lleno a la organización de las milicias el Mariscal de Campo don Joaquín del Pino, que desde el 20 de mayo de 1801 ejercía el Virreinato del Río de la Plata, le sorprendió la mala nueva de hallarse en guerra España y Portugal, por cuya causa se consagró, sin pérdida de tiempo, a adoptar las medidas pertinentes, a fin de evitar en lo factible cualquier sorpresa y la invasión lusitana al territorio de su dependencia.

No obstante, mientras concertaba las medidas conducentes a este objeto, el gobernador de Río Grande hizo atacar las guardias españolas de la frontera, apoderándose sucesivamente, desde julio a noviembre, de Batoví a Santa Tecla y de los siete pueblos de Misiones de la izquierda del Uruguay, atacando también al Capitán Bernardo Suárez, que con 115 hombres se hallaba en la sierra de Yaguarón, posesionándose de Cerro Largo.

Algún tiempo antes, reunido Artigas en este último punto con la División del Coronel don Nicolás de la Quintana, acompañó a dicho jefe en su excursión hasta el río Santa María para impedir que los lusitanos penetrasen al territorio español; pero a principios de noviembre, en los precisos instantes en que se aprestaba a lanzarse sobre ellos en la cercanía de la Laguna, se vio en la imperiosa necesidad do retroceder en protección de las fuerzas destacadas en Melo, amenazadas seriamente en esos momentos por otras más poderosas que las que guarnecían esa villa.

A pesar de haber apurado en lo posible la marcha, que se hizo un tanto pesada por las escabrosidades del terreno y los lodazales, que hacían sumamente difícil la conducción de las piezas de artillería, los defensores de aquel punto no pudieron ser socorridos, pues cuando de la Quintana se aproximó ya habían capitulado, entregando la plaza al coronel Manuel Márquez de Souza. En atención a estos sucesos, Sobremonte se puso en marcha al mando de numerosas tropas, bien equipadas, dirigiéndose hacia la frontera, resuelto a desalojar a los lusitanos de Cerro Largo y Yaguarón, costase lo que costase.

Consiguió, sin embargo, su objeto sin derramamiento de sangre, puesto que al solo anuncio de su cercano arribo, el enemigo se alejo de esos parajes y fue tan grande el pánico experimentado por los súbditos de Don Juan VI, según lo manifiesta el vizconde de San Leopoldo en su obra Annaes da provincia de San Pedro: "que en la ciudad de Río Grande los habitantes enfardaban mercaderías y muebles para transportarlos a la ribera opuesta, y los propietarios de los campos comarcanos arreaban sus ganados al interior."

Sobremonte, que nunca demostró sobresalientes condiciones militares, no supo sacar partido de este feliz suceso y se concretó a hacer su aparición por las inmediaciones del citado río limítrofe, malogrando así el éxito de una empresa de fácil realización, cual hubiera sido la toma de Río Grande, casi indefensa y aterrorizada.

El coronel Bernardo Lecocq, que respondiendo a una orden suya se había encaminado a las Misiones, nada pudo hacer tampoco porque el mismo Sub-Inspector se apresuró a transmitirle la noticia que acababa de recibir de la península, relativa a la terminación de la guerra, en virtud del convenio ajustado en Badajoz el 6 de junio anterior. En consecuencia, tuvo que suspender su avance y todo género de hostilidades.

Los portugueses, más avisados que Sobremonte y poseídos de mayor audacia, desoyeron sus amistosas exhortaciones de abandonar los puntos hispanos que acababan de ocupar por medio de la fuerza. Librada la cuestión a la Corte de Portugal, en mérito de la intervención que también tomó del Pino, tampoco fue ella solucionada satisfactoriamente, pues si bien se estipuló tres años después que serían devueltas las Misiones, en cambio de Olivenza, dicho convenio no tuvo jamas ejecución.

Como resultado del incumplimiento de ese tratado, los lusobrasileños, como lo manifiesta un historiador nacional, quedaron en posesión, desde 1801, de los siete pueblos guaraníticos de la izquierda del Uruguay y de algunos otros puntos de la frontera.

Artigas, que iba con Lecocq, encargado de fijar el rumbo a seguirse, lo mismo que de la vigilancia y buen estado de las piezas conducidas, aprovechó esa tregua para regresar a Montevideo, pretextando encontrarse mal de salud, pues deseaba descansar después de tanto tiempo de rudas fatigas y de alejamiento forzado del seno del hogar paterno.

Consta en la revista del Cuerpo de Blandengues que durante 1802 no prestó en él servicio activo por hallarse con parte de enfermo. Según la versión de un suspicaz cronista, el amor, que tiene la fuerza magnética del imán, fue la causa principal de ese reposo.

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