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ARTIGAS EN SU JUVENTUD
La seguridad de las haciendas

El Marqués de Sobremonte, que había reemplazado a del Pino en calidad de Virrey del Río de la Plata, pues dicho Mariscal de Campo falleció en Buenos Aires el 11 de abril de 1804, sin esperar requerimiento alguno por parte de los ganaderos, tomó desde un principio las providencias necesarias para evitar los atropellos denunciados, y le encomendó nuevamente a Artigas la guarda de la campaña, ya que sólo él era capaz de poner a raya a los intrusos y malhechores.

Aunque tal vez hubiera preferido continuar por algún tiempo más en el seno de su familia, no quiso excusarse de esa comisión porque había aprendido en la lucha por la vida a valorar todo cuanto importan los esfuerzos de los hombres de campo en beneficio de la riqueza y el engrandecimiento de los pueblos, sobre todo en aquellos tiempos, en que se necesitaba gran suma de coraje y de paciencia para sobrellevar las continuas amenazas de que eran objeto y hasta víctimas sus habitantes, por parte de los cuatreros, para quienes la propiedad ajena era un robo, y la vida del prójimo un mito.

De ahí que no vacilase un solo instante en ejercer la policía de aquellas extensas comarcas y que emprendiera, con la decisión de siempre, la molesta y peligrosa tarea de perseguir a los enemigos del sosiego y de la propiedad, asumiendo al efecto el comando de un destacamento que organizó con individuos de tropa entresacados de los cuarteles de Montevideo y Maldonado y con clases y oficiales de su entera confianza. Como tenía que hacer frente a elementos militarmente armados, se le confió también un piquete de artillería.

Con estas fuerzas tuvo ocasión, casi enseguida, de batir y dispersar a una fuerte columna lusitana procedente de San Nicolás, que había sido enviada en creencia de esta vez, como las anteriores, poder invadir impunemente los dominios de Montevideo.

La lección no pudo ser más severa, pues los portugueses perdieron las ganas de exponerse, por el momento, a un nuevo revés, máxime cuando Artigas hizo también algunos prisioneros y estaba dispuesto a no darles tregua si persistían en sus propósitos absorbentes y desquiciadores.

En cuanto a los indígenas y cuatreros que merodeaban tranquilamente, considerándose dueños de vidas y haciendas, tampoco pudieron continuar dando rienda suelta a sus perversos instintos, porque fueron desalojados por completo de los lugares donde alcanzaba la acción escarmentadora de Artigas.

De ahí que el 22 de agosto le dijeran a Sobremonte los mismos representantes del gremio de hacendados: "Al fin preindicado se expidieron órdenes por V. dirigidas al Coronel don Tomás de Rocamora, se sacaron del cuartel de Maldonado y esta plaza (la Montevideo), una parte de las pocas tropas de guarnición, se abrieron los almacenes de artillería y con tan loables y activos auxilios se compuso esa partida, que al mando del Ayudante don José Artigas, hoy nos da mérito a poner en manos de V.E. este pedimento con el sumario en testimonio formado con observaciones de las formalidades señaladas por la ley, que debidamente acompañamos."

"A mes, poco mas, de la salida que anunciamos hizo el Ayudante Artigas, comisionado por V.E. para reprimir a los portugueses y defender las caballadas de las manos enemigas de los indios gentiles y minuanes, aun sin alejarse mucho de nuestras estancias, y casi sobre la expedición encargada a Rocamora, sorprendió Artigas a tres soldados voluntarios portugueses, un vecino, que, aunque español, depende de aquella dominación, y dos indios también del mismo vasallaje, todos separados un día o dos antes, del grueso de más de ciento veinte hombres que salieron del pueblo de San Nicolás, que hoy está por el gobierno lusitano, a correr y llevar los ganados de nuestros campos, por disposición, orden y mandato del Sargento Mayor Saldaña, comandante portugués en los siete pueblos guaraníes que nos tomaron en la última guerra."

Después de la enunciación de varios hechos y de las apreciaciones pertinentes, agregan dichos apoderados:

"Vamos exponiendo y probando, por el contenido del sumario que elevamos a las sabias decisiones de V.E., haber entrado varias partidas de éstos más que aliados, émulos irreconciliables de nuestra progresión, a robarnos los ganados. La una de ellas fue apresada casi toda por el Capitán don Teodoro Abad y de la de San Nicolás tenemos en esta Real Ciudadela los seis hombres que arrestó el Ayudante Artigas, que han depuesto en dicho sumario, viniendo a la operación, no furtivamente, sino con toda desenvoltura y desprecio de nuestras armas, como lo confirma haberse entrado con carretas de bueyes hasta las cercanías de las estancias españolas e inmediación de esa misma expedición que mandaba el Coronel don Tomás de Rocamora."

"Este atentado injurioso a los solemnes tratados, manifiesta las ideas avaras con que proceden hoy los portugueses, las cuales sus armas incrementarán si no se precave el daño en tiempo, pues los hechos no nos hacen deducir, sino que nos patentizan que quieren los campos, que quieren los ganados y quieren la dominación del Río de la Plata, porque nada importa, como V.E. observará, el que los presos examinados aquí, convengan en que aquellas partidas traen orden de no batirse con las nuestras, hallándose esto desmentido por unas ejecuciones, como la de haberse escopeteado con el ayudante don José Artigas; haber atacado y sorprendido al Teniente Pizarro; introducir cuerpos de gente armada en nuestro territorio; llevar los ganados que lo pacen; atacar a viva fuerza los destacamentos españoles, y distribuir en estancias la campaña propia de nuestro soberano."

Los buenos servicios de Artigas fueron reconocidos, años después, por los señores Pereira, Ulivarri y Zamora, en comunicación elevada al Gobernador Elío, en la cual harían resaltar lo satisfactoria que fue su intervención en esa y otras ocasiones. "Se portó en ella con tal eficacia, celo y conducta", le decían, "que haciendo prisiones de los bandidos y aterrorizando a los que no cayeron en sus manos por medio de la fuga, experimentamos dentro de breve tiempo los buenos efectos a que aspirábamos, viendo sustituido, en lugar de la timidez y el sobresalto, la quietud de espíritu y la seguridad de nuestras haciendas."

Dicho testimonio, que los apoderados del Cuerpo de Hacendados del Río de la Plata expidieron a Artigas el 18 de febrero de 1810, comenzaba así: "Los apoderados que fuimos del Cuerpo de Hacendados del Río de la Plata en los de 1802 hasta 1810 y que suscribimos, declaramos y decimos: que hallándose en aquel tiempo sembrada la campaña de un número crecido de hombres malvados de toda casta, que la desolaban e infundían en los laboriosos y útiles estancieros un terror pánico, ejerciendo impunemente robos en las haciendas, y otros atroces delitos, solicitamos de la superioridad se sirviese, en remedio de nuestros males, nombrar al Teniente de Blandengues don José de Artigas, para que, mandando una partida de hombres de armas, se constituyera a la campaña en persecución de los perversos; y adhiriendo el superior jefe excelentísimo señor marqués de Sobremonte a nuestra instancia, marchó Artigas a dar principio a su importante comisión."

En el mismo año 1804 se le encomendó al Coronel don Francisco Xavier de Viana, en ejercicio de la Comandancia de Campaña, librar a Cerro Largo y sus adyacencias de los malones de que eran objeto sus habitantes y propiedades por parte de las tribus de charrúas y minuanes, que robaban y asesinaban en la seguridad de no ser habidos ni castigados.

Tampoco esta vez se quiso prescindir de Artigas, figurando con sus Blandengues, entre las fuerzas de caballería elegidas a ese fin, y en calidad de ayudante de aquel jefe.

Su concurso se hacía indispensable, tanto por la pericia por él demostrada en ese género de comisiones cuanto porque su nombre inspiraba respeto a los depredadores y delincuentes y profunda fe a los ganaderos, desde que había perseguido sin cuartel, en otras ocasiones y lugares, a los mismos indígenas y sus coadjutores.

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